EN ES

La casa

After dark,
we sin

Un speakeasy en Playa del Carmen hecho para las noches largas, la buena música y la gente que sabe a dónde ir.

PRAYER se construyó alrededor de una idea: un salón que no intenta gustarle a todo el mundo. Doce mesas, nueve metros de barra y una cabina con la que nadie negocia. Ese es el plan entero.

Lo que pase después ya no es nuestro. Es de quien entró, del disco que sonaba a las dos de la mañana y de la conversación que sólo ocurre cuando la música está lo bastante alta como para tener que acercarse.

Lo que esto es

  • Un salón para noches largas y conversaciones largas.
  • House, disco y todo lo que hay en medio, elegido por quien está en la cabina.
  • Coctelería hecha en serio, sin ceremonia.
  • Un sitio al que llegas porque alguien te lo contó.

Lo que esto no es

  • Un antro con fila y cordón.
  • La misma carta de diez tragos que en todas partes.
  • Un salón montado para la foto.
  • Un sitio al que se llega por accidente.

Las salas

Cuatro salas,
una noche

El sitio es pequeño y cada rincón hace algo distinto. Vas a pasar por los cuatro antes de que se acabe la noche.

La puerta sin placa, de cristal canalé y latón, que da entrada a PRAYER

01

La puerta

Cristal canalé y latón. Sin placa, sin nombre: sólo la luz de dentro. No hay timbre — se toca dos veces.

El salón principal de PRAYER, doce mesas bajo luz roja baja

02

El salón

Terciopelo verde, mármol y latón. Doce mesas y ni una más: el aforo es parte del sonido.

La cabina de DJ de PRAYER, un residente mezclando en vinilo

03

La cabina

Vinilo y dos platos, levantada lo justo para ver el salón. La música no se pide.

La barra de PRAYER, botellas en penumbra detrás del mostrador

04

La barra

Nueve metros de roble y once tragos de autor. Sin marcas a la vista: se pide por sensación.

Buena música y malas decisiones dignas de confesión.

La casa
Un coctel de autor rematándose en la barra de PRAYER, Playa del Carmen

Once tragos, sin marcas

La carta de barra es corta a propósito: once tragos de autor y nada más a la vista. Ni muro de botellas ni carta de cien opciones que nadie lee.

Se pide por sensación —amargo, cítrico, sedoso, ahumado— y de ahí se encarga la barra.

Nueve metros de roble

La música

Una cabina,
un criterio

Sin pantallas, sin listas por encargo, sin canciones pedidas por adelantado.

La cabina es lo único del salón que no cambia de manos a media canción. El miércoles y el viernes son de los residentes; el jueves se abre a un nombre distinto cada semana, y nunca se anuncia con antelación.

El volumen está puesto para que el salón suene a salón y no a muro. Lo bastante alto como para sentirlo, lo bastante bajo como para poder hablar sin gritar. Ese equilibrio es a propósito, y por eso el aforo no sube.

Las reglas de la casa

Tres cosas
que sí pedimos

Nada de esto va de dejar gente fuera. Va de que el salón siga siendo lo que es.

Reserva

El salón se llena. Un nombre en la lista es la diferencia entre entrar y quedarse fuera.

Sin flash

Haz todas las fotos que quieras. Pero sin flash: le desmonta el salón a todos los demás.

Ven como eres

No hay código de vestimenta. Lo que sí hay es un salón que se lee: si todos se están acercando, acércate.

Entra

Esta noche pecamos. Dinos la noche, la hora y cuántos son.

Reservar mesa

La mesa

Reservar mesa

Sólo se muestran las noches en las que la casa abre. La dirección llega con la confirmación.

Anotado. Te escribimos en menos de un día con la confirmación y la dirección.

Maqueta: la petición no se envía a ningún sitio.